Sobrevivir como bufón en una época donde por un mal chiste te achataban la cabeza a mandobles no era tarea fácil. Entonces no bastaba con que supieras las mejores bromas de la comarca, que tuvieras una agilidad mental increíble, que fueras un diestro acróbata, experto tañedor de laúd y flauta, declamaras de memoria leyendas y gestas históricas, sino que además debías añadir una enorme capacidad para aguantar insultos y humillaciones y, de ser posible, ser enano, deforme y lo suficientemente feo como para provocar el único efecto deseado por todos: reír. Biológicamente la risa “es una expresión compartida de alivio tras pasar el peligro. La laxitud que sentimos tras reírnos puede ayudar a inhibir la respuesta agresiva, convirtiendo la risa en un signo de conducta que indica la confianza en los compañeros” [John Morreal], pero durante la Edad Media el tema desató polémica. Mientras Aristóteles estableció que la risa era un rasgo inherente en el hombre, la Iglesia sostuvo lo contrario,...